jueves, 27 de agosto de 2015

¿Nos atrevemos a innovar al votar?

Hoy el mundo, no sólo Chile, vive una crisis política. Una sociedad que de la mano de la tecnología ha visto a su población empoderada, siente una importante falta de confianza y transparencia, que se acompaña de la percepción de carencia de competencias y eficacia a la hora de gobernar. El pueblo es más exigente y la autoridad no ha sabido lidiar con esto. Cambios de gabinete, segundos tiempos y cuentas públicas no han sido suficientes para recuperar la confianza de la ciudadanía.

Para enmendar los puntos anteriores un buen primer paso sería innovar en la forma de votar por algunos de nuestros representantes y construir nuestros proyectos de ley. Imagínese que usted no sabe mucho sobre educación, pero su amigo Pedro sí y es un tipo sensato. Sobre seguridad usted se queja bastante, pero sabe poco, sin embargo su hermano es un experto en el tema. Entonces para elegir a su representante de la cámara baja, en vez de votar por una persona que difícilmente es experto en todos los temas ¿Por qué no tenemos diez votos diferentes (uno por tema) que se los entreguemos a quienes confiamos sin necesidad que sea candidato? Ellos, a su vez, podrán entregar su voto y los que recibieron a otra persona de su confianza, generando una red de delegados que van agregando votos y finalmente eligen a las personas correctas para constituir comisiones que presenten proyectos directamente al Senado. A través de urnas esto sería impracticable, pero con un software sí.

De accountability sabe poco este país, pero con un sistema así esto se revertiría. Tendríamos personas competentes diseñando nuestras leyes, generamos una votación más informada, con un mayor nivel de confianza y exististiría mayor transparencia de dónde fue a parar mi voto. A su vez, disminuye los costos de cambio y los representantes de esas comisiones podrían ser ratificados cada año o bien reemplazados, sin generar inestabilidad y evitando cualquier tipo de corrupción. Por el contrario, los incentivos estarían puestos en proponer lo correcto sin poder ceder frente a un grupo de presión.

El mundo cambió y también debieran evolucionar algunas formas al gobernar. El diseño de nuestro sistema de gobierno responde a los recursos y contingencia de hace 250 años. No pretendo socavar la separación de poderes, pero sí buscar cómo en una sociedad exponencialmente más compleja, somos capaces de usar la tecnología para llegar a mejores soluciones. Si queremos recuperar las confianzas, tenemos que diseñar un nuevo sistema político donde las personas puedan votar por quienes confían, pero a su vez tener personas competentes para el diseño de nuestras políticas públicas. Este es un primer paso para generar un sistema de confianzas transitivas que terminen por fortalecer la confianza mutua como sociedad.





Columna Originalmente publicada en el Diario Financiero


miércoles, 22 de julio de 2015

¿Y si Chile jugara como la selección?

Cualquier equipo que quiere avanzar necesita planificar, ir cumpliendo metas y revisar los avances. Lamentablemente Chile es un equipo que no se coordina. Con suerte se comunica bien. Nos mandamos recados por los medios y hasta ahí no más llegamos. Cuando queda algún desastre alguien atina a hacer alguna mesa de trabajo o consulta ciudadana; pero es un acción aislada, no una forma de hacer las cosas. Las famosas alianzas público-privadas son un lindo discurso, pero están lejos de ser un política país consolidada.

Para que el país avance, necesitamos que el gobierno sean un buen regulador y promotor en coordinación con la ejecución e inversión del mundo privado. Si queremos ser líderes en minería, ¿por qué no hay reuniones de coordinación mensuales entre las principales mineras, el Ministerio de Minería, las universidades y comunidades? Si queremos que Antofagasta sea la capital minera del mundo, necesitamos exportar minería, no minerales. Las mineras tienen que decir qué necesitan, el gobierno abrirse a cambios regulatorios, las universidades alinear sus programas e incentivos a la investigación y las comunidades poner sobre la mesa su calidad de vida.

Si queremos que Chile sea el centro financiero de Latinoamérica, necesitamos una propuesta de cuáles son los cambios regulatorios para que el tránsito de capitales sean más fluido. Cambios bien diseñados traerían una mayor recaudación fiscal con impuestos adecuados y mayor inversión en otras industrias gracias a servicios complementarios, como telecomunicaciones, turismo y consultorías.

Necesitamos innovar con una nueva forma de gobernar que considere a los principales gremios de manera cotidiana. Que no los escuche a través de las redes sociales, sino que existan instancias periódicas de coordinación y roles bien definidos. Hoy los gobiernos hacen programas y leyes en base a sus creencias. 

Todos quieren un Chile mejor, pero si no trabajan con quienes lo están construyendo, difícilmente vamos a llegar a buen puerto. Menos si ni siquiera hay metas claras. ¿Qué queremos como país en términos turísticos? ¿Duplicar el número de turistas, duplicar el gasto por turista o menos basura por turista?
Metas, coordinación y trabajo en conjunto son los ingredientes indispensables para que Chile juegue como equipo. Ya dimos el primer paso en el futbol; ya no pateamos la pelota para adelante así no más, ni dependemos de un par de estrellas, somos Campeones de América gracias a nuestro estilo. Sería bueno que Chile como país, independiente del DT de turno, adopte también una nueva forma de jugar.



Columna originalmente publicada en el Diario Financiero

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Y si hacemos las leyes en la calle?

Cualquier emprendedor sabe que antes de invertir en una excelente idea, debe probar un prototipo en el mercado. El paradigma antiguo de diseñar un plan de negocios y producto perfecto, para después ejecutarlo sin fallas es algo que se fue a la basura. Cualquier curso de innovación enseña que se debe salir cuanto antes a la calle. Aprender en el camino iterando soluciones con agilidad. Hoy hablamos de descubrir al cliente y al producto. "Dentro de la sala de reuniones hay solo opiniones, en la calle están los hechos", reza la famosa frase de Steve Blank. Científicos experimentan y las parejas conviven. Si sabemos que otra cosa es con guitarra ¿por qué al diseñar e implementar políticas públicas, no aplicamos la misma lógica?

Aprendamos de China. Su transición desde el comunismo fue justamente "probando". Se implementaron primero zonas económicas especiales, las cuales gozaron de mayores libertades. Mientras Pudong en Shanghai podía recibir inversión extranjera directa, en Shenzhen se privilegiaron los temas tecnológicos y la manufactura. Una década más tarde, el partido comunista vio los beneficios y empezó a aplicar gradualmente la misma política al resto de las provincias.

Hoy las grandes soluciones se discuten en el congreso en base a mucha teoría y poca práctica. Receta perfecta para el fracaso. Es cosa de recordar el Transantiago versus la implementación gradual de la Reforma Procesal Penal (que por algo no fue noticia). Qué ganas que la reforma tributaria la probáramos primero en una industria o en una región, a ver si es más simple, recauda más o ayuda a corregir la desigualdad.

La forma de legislar e implementar políticas públicas está tan obsoleta como lanzar productos al mercado "bien diseñados". Nueve de cada diez productos fallan porque usan una metodología incorrecta. Diseñan encerrados sin recibir feedback del usuario (focus groups no valen). Hoy caemos en el mismo error en temas públicos: legislamos entre cuatro paredes.

Un gran avance este año es la creación de Laboratorio de Gobierno. Pero este es sólo el primer paso. No puede ser un apéndice, sino que debe ser LA forma de hacer las cosas. Todos queremos implementar políticas exitosas que lleven a un Chile mejor; sin embargo, de la teoría a la práctica hay un sin fin de detalles por descubrir y de supuestos que validar. Contengamos la ansiedad de concretar un plan maestro en menos de cuatro años, probemos primero en pequeña escala para después ir incrementando sobre la base del aprendizaje. Sólo así podremos tomar decisiones responsables con foco en el bien común a largo plazo.



Columna originalmente publicada en Diario Financiero

jueves, 28 de mayo de 2015

La ilusión de la democracia

A la mayoría le gusta la democracia. Nos entrega la libertad de elegir a quienes sean nuestros representantes. Y es que la libertad, después de la vida, es probablemente el valor más aspirado por todo ser humano. Pero si lo pensamos dos veces... ¿Realmente la democracia nos hace más libres? Lamentablemente a veces la democracia parece ser el opio del pueblo, una palabra tras la cual todos se cuadran. Tanto así que hoy "democratizar" cualquier cosa (desde la educación hasta el internet) es sumamente bien visto, cuando la verdad es que la mayoría de esos procesos lo que hacen realmente es "masificar" ese algo, no hacerlo más democrático. Pero no importa, la palabra es linda y nos gusta, entonces usémosla.

La Democracia como tal es un sistema efectivo a la hora de resguardar el abuso de poder y establecer un proceso público de rendición de cuentas para evaluar a los gobernados. Ambas características son suficientes para respaldarla, pero no seamos ilusos para pensar que por si sola nos hace más libres. Difícilmente podríamos decir que podemos elegir a quien queramos, ya que nuestra democracia hoy es como pensar que somos libres de elegir que comer al entrar a un restaurant con pocos platos y comida recalentada.

Para ser realmente libres, necesitamos levantar el valor de la libertad por sobre otros. Poner la libertad al centro de la discusión de las políticas públicas y elegir a representantes que crean en ella. Promover un sistema de gobierno que asegure el recambio, disminuyendo los costos de entrada y salida de los personeros de gobierno. Si queremos una clase política de lujo y unos funcionarios públicos al mismo nivel, hay que reducir el costo de cambio para que entren los jugadores buenos y con piernas frescas.

En el último año, hemos discutido varias reformas, sin embargo nunca se ha hecho a la luz de si éstas nos hacen más libres o no. Si queremos más libertad votemos por ella. Apoyemos el nacimiento de nuevos movimientos y partidos políticos que defienden este concepto. Poner en valor el discurso liberal más allá del manoseado neo-liberalismo, sino que de uno que también vele por la justicia y asegure un piso para poder ser libres, ya que la mayoría de las personas hoy en Chile no lo son. Exijamos mecanismos que hagan transparente la gestión en cargos públicos y la remoción cuando no se hace bien. Sólo así llevaremos a responder a nuestros representantes por las cosas por las que realmente queremos, y que no hagan sólo lo que a ellos les conviene para ser re-elegidos, prestando atención sólo cada cuatro años.

*Columna publicada originalmente en Diario Financiero

martes, 28 de abril de 2015

AC/DC ¿Asamblea Constituyente o Distracción Constante?

Cuando a la ciudadanía le preguntamos cuales son los tres temas a los cuales el gobierno debería dedicar sus esfuerzos, sólo 3% responde entre ellos a la Reforma Constitucional, según datos de la encuesta CEP de noviembre pasado. Sin embargo, entre 45% y 50% está de acuerdo que los problemas prioritarios son: educación, seguridad y salud. Los comentarios sobran sobre lo que Chile necesita.

La actual crisis política no está fundada en nuestra constitución, ni se solucionará con una Asamblea Constituyente. La crisis actual es una de falta de confianza y credibilidad. Como sociedad vivimos un cambio de paradigma cuando la tecnología y comunicaciones permitieron un nivel de transparencia tal, que hoy todos son capaces de ver como nuestros representantes no hacen la pega. Como los elegimos para resolver los problemas importantes, pero dedican a sostener una discusión en torno a cómo hacer legal (ya que hoy no lo es), una Asamblea Constituyente. Dicho de otra forma: propuestas como esta son justamente las que destruyen la credibilidad de la clase política, mientras el país espera soluciones concretas a otros temas.

La Asamblea Constituyente es un falsa promesa y casi un llamado populista a resolver problemáticas de las cuales no se hará cargo, pero que si podrá tapar al menos mediáticamente. Así, al mismo tiempo que se despacha un proyecto de reforma laboral con urgencia, se plantea un nuevo impuesto para financiar la educación (después de aprobar una reforma para lo mismo) o aparecen nueva boletas falsas, nuevamente se levantan banderas de la AC despistando a la ciudadanía y cambiando el eje de la discusión. Mientras tanto, aún no se resuelve el como se logra educación pública de calidad sin selección, cómo frenar la puerta giratoria en la justicia, el diseño para administrar hospitales eficientemente o la solución para activar el mercado laboral en vez de estancarlo.


La actual Constitución ha sido reformada en más de una ocasión y si queremos seguir perfeccionándola, hagámoslo. Incluso, ojalá algún día veamos una nueva carta fundamental de la mano de un parlamento más legitimado y en un ambiente de diálogo que hoy no existe. Pero hoy, dada la situación de país, por favor no desperdiciemos tiempo y recursos valiosos cuando hay una innumerable lista de asuntos prioritarios esperando. Para superar esta crisis y ganarse nuevamente la confianza del pueblo, la receta es simple: ocuparse de lo importante y de aquello que afecta directamente la calidad de vida de las personas.


Columna originalmente publicada en Diario Financiero
https://www.df.cl/noticias/opinion/columnistas/ac-dc-asamblea-constituyente-o-distraccion-constante/2015-04-21/185955.html

lunes, 20 de abril de 2015

Planificación, más acá del comunismo

La discusión estatal en general tiene que ver con egresos; como nos gastamos la plata. Sin embargo el país raramente discute de cómo ganar más. Una reforma tributaría no es la respuesta, porque simplemente es pasar los billetes de un bolsillo a otro sin agregar valor en el camino. La pregunta debiera ser; ¿Como aumentamos los ingresos de Chile y como el estado facilita esa labor? ¿Dónde está el plan para lograr eso?

Plan suena a planificación y si lo apellidamos de central, nos recuerda más de un experimento comunista que ha probado ser un gran fracaso. El Estado como asignador de recursos no funciona, sin embargo si debe tener espacio para proponer una visión y consensuar un plan de acción. Tal como cualquier empresa, no puede definir oferta y demanda, pero si como agregar más valor y ganarse un espacio en un mercado competitivo. Un país puede hacer lo mismo dentro de una mercado mundial.

¿Por qué no aspiramos a ser líderes en educación, en servicios financieros, en minería, en tecnología, en alimentos y en turismo?

Si queremos desarrollar la minería en Chile, debiéramos exportar minería, no minerales. Para eso hay que sentar en la misma mesa a los gobiernos regionales del norte, a un par de universidades, un par de mineras y trazar un plan de acción para que Antofagasta sea la capital minera de América. Un lugar donde hay más doctores en minería que en cualquier otro lugar del mundo. Una ciudad donde todo proveedor minero del mundo tenga su laboratorio y haga sus pruebas de prototipos.

El líder indiscutido en post grados en el mundo es EE.UU., pero no todos pueden darse el lujo de ir para allá. Australia lo tiene claro y por lo mismo la educación es su segunda industria después de la minería, siendo cada año el 25% de sus estudiantes universitarios inmigrantes, principalmente de China, India e Indonesia. Con 900 millones de latinoamericanos la oportunidad está dando bote. La tarea no se la podemos dejar a cada universidad por separado, necesitamos de un Gobierno proactivo que fomente la coordinación y facilite la regulación que sea necesaria para que seamos el destino preferido de cualquier aspirante a doctor o magister en nuestros países hermanos.

Entendiendo al estado como el gran árbitro de un país, quien regula, tiene el monopolio de la fuerza, quien invierte e interviene cuando a los privados se les hace muy complicado ponerse de acuerdo o cuando es ineficiente que lo hagan; un rol que se si le cabe es promover una visión, coordinar e invitar a diseñar un plan de acción, la acción y gestión se la dejamos al mundo privado que hay probado en eso ser mejor.


lunes, 13 de abril de 2015

¿Cómo salimos de esta?

La crisis política es innegable y la desconfianza en la clase dirigente de este país tiene a los mismos contra las cuerdas. Lo que es peor, no saben como salir de ellas. Se miran entre todos buscando respuestas y a lo único que atinan es a firmar un acuerdo para dejar de hundirse entre ellos. Aún así, no se ve un salida en el horizonte… y la razón es simple: porque la respuesta está fuera de ellos y como no saben más que mirarse el ombligo. Para superar las actual situación necesitamos de tres ingredientes: rediseño, recambio y accountability (disculpen el spanglish, pero los gringos tienen el término bien acuñado y para nosotros raramente existe).

Primero necesitamos hacer cambios al sistema político, cambios que muchos vienen pregonando hace mucho, pero como a los jugadores actuales no les conviene, no pasa nada. Se hace una reforma al binominal, creando más escaños para no afectarlos. Necesitamos un Servel con mas autoridad que pueda sancionar severamente a quienes infringen las leyes de elecciones sin poder sostener el cargo que ganaron con trampa. Eliminar el doping en política. Adiós fuero parlamentario y que así todos seamos iguales frente a la ley. Un contraloría con más atribuciones. Innovar en la forma en la que deciden e implementan las leyes. Atreverse a discutir reformas a la constitución no para modificar unos artículos, sino que para plantear gobiernos diferentes de mediano y largo plazo. Hacer la diferencia entre materias de Estado frente a la contingencia de un gobierno. Incluso pensar en sistema de representación más flexibles de la mano de tecnología.

El segundo es el recambio, es la única forma de cambiar una cultura política que ya está viciada. Una que encuentra normal las malas prácticas y que a todos quienes están fuera les da asco. Forzar a que cese la re-elección de los actuales representantes que viven mamando eternamente del Estado. Exigir que a las elecciones vayan nuevas personas y para eso primero hay que declararlo en las encuestas, para que no se les ocurra aparecer en las urnas. Pasa por dar un paso adelante y meter las patas al barro, esperando poder limpiarlo. Informarse y hacer la pega (estudiar) antes de votar. Incluso votando por un candidato que no sea nuestro favorito, pero que sea nuevo. Al final, todos quieren un mejor país, más allá de que creamos en caminos diferentes.

Por último, accountability. Que nuestros representantes sea hagan responsables de lo prometido versus lo entregado. Que haya un seguimiento claro de lo realmente logrando y de lo que no se hizo. Mayor transparencia y escrutinio público antes de elegir a personeros públicos. Con tecnología y mecanismos concretos para aumentar la transparencia y rendición de cuentas. Sanciones más severas para delitos cometidos por quienes tienen un cargo público; es a ellos a quienes hay que exigirles más, no menos. Quizás es algo que a muchos les incomode, pero es la única forma de elegir a los mejores.


Son tres grandes cambios que implican un involucramiento de la ciudadanía. Esto no sucederá si no alzamos la voz más fuerte, si no estamos dispuestos a ser candidatos, si quienes están hoy dirigiendo no están dispuesto a hacer cambios que les duelan y los saquen de su situación de comodidad. Para salir de esta hay que generar nuevamente confianza social y ella se construye sobre acciones concretas que todos entienden que no son sólo palabras, sino que iniciativas que van a perdurar: nuevas personas y un sistema que permita premiar a quien lo hace bien y castigar a quien lo hace mal.


Como aumentar la desigualdad

Está claro que si todos tuviéramos acceso al mismo nivel de educación reduciríamos la tan detestada desigualdad de este país. Sin embargo, educación universitaria gratis no se aleja mucho del Pan y Circo romano. Como los estudiantes marchan, a ellos el gobierno les responde, cuando la verdad es que esta medida hoy generaría justamente lo contrario: más desigualdad. Me explico; si todos los alumnos del país llegaran a cuarto medio habiendo recibido una educación equivalente, los mejores sin importar su cuna podrían llegar a las mejores universidades. Suena bien, salvo un pequeño detalle: asumimos que todos recibieron una educación equivalente.

Lamentablemente eso hoy no es así. La educación que está a cargo del Estado no es buena (por no decir mala). Los establecimientos emblemáticos que han logrado tener excelencia lo hacen gracias a la selección de sus alumnos y hay otros casos aislados. Es decir, los colegios públicos aún no saben como entregar “educación de calidad”. Entonces si tuviéramos universidades gratis para todos, quienes fueron a un buen colegio privado o pueden pagar un pre universitario irían a las mejores universidades. Con los impuestos de todo Chile estaríamos financiando la educación de los más ricos y además de entregarles un título muy rentable, lo que aumentaría aún más la desigualdad.

Junto con lo anterior, hay que considerar que las mayores brechas en el capital humano se generan en las etapas más tempranas. Es decir, donde más se debiera invertir es en educación pre – escolar. Numerosos estudios demuestran como ya a los 3 años hay diferencias cognitivas y motrices entre niños con acceso a diferentes niveles de recursos.


También creo que la Educación es la vía para superar la desigualdad y el derecho a la educación hasta los 18 años, pero el camino es diferente al que está tomando la actual reforma educacional. Primero hay que aumentar la oferta y demanda de educación pre-escolar. Después que diseñar colegios que logren la excelencia sin importar que tipos de alumnos tienen. Más autonomía para los directores, profesores con menos horas de clase y la posibilidad de ser despedidos si no hacen bien su trabajo (como todos nosotros), serían algunos cambios positivos, pero no suficientes. Cambiar algunos incentivos como el Aporte Fiscal Indirecto y poner bien los incentivos. Sólo así, con la pega hecha, con de 12 generaciones formándose en colegios públicos que no tengan nada que envidiarle a un colegio privado, que llegaron a primero básico con iguales condiciones psico-motrices y buena alimentación, podríamos empezar a hablar de un impuesto a graduados (y que no nos importe que el gobierno nos haya mentido en la cara un año atrás).

martes, 31 de marzo de 2015

¿Dónde quedó el Honor?

En Japón, cuando los samuráis caen en falta o vergüenza, antes de vivir en deshonra prefieren el sepukku o haraquiri: el extremo de enterrarse voluntariamente un puñal en su cuerpo para terminar con su vida.

Guardando las distancias, por cierto, en Chile en cambio hoy la corrupción empieza a ser peligrosamente esperable y los imputados argumentan tranquilos que "todo fue legal". Otros dan gracias que nuestros escándalos son un juego de niños comparados con los de nuestros países vecinos, y algunos impresentablemente declaran que "todos lo hacen" o "mejor cerrar los ojos".

¿En qué minuto permitimos que nuestros líderes nos den el ejemplo que jugar sucio es el camino para triunfar? ¿Desde cuándo la ética pasó a estar por debajo de la ley? Mientras miles de emprendedores y empresarios honestos nos esforzamos para ser el motor de este país, junto con tantos empleados públicos que se ocupan del funcionamiento de nuestra nación, unos pocos destruyen la reputación de todos.

Necesitamos que la palabra empeñada vuelva a tener valor y que burlar la ley no sea una "pillería" de la cual jactarse en privado, sino que algo de lo que nos avergoncemos. Para que exista el "deshonor", primero la palabra "honor" debe empezar a nombrarse, enseñarse, discutirse y que sea parte de nuestro diario vivir. En el servicio también hay honor; "ministro" viene de servir al resto, no a los intereses de propios.

La clase política debiera ser la crema y nata de nuestra sociedad, un privilegio de los mejores e intachables. Pero eso no va a pasar mientras sigamos dándole las condolencias cuando alguien "bueno" decide entrar en política, o continuemos con problemas a la memoria para cada votación. Tampoco va a mejorar nuestra clase empresarial si sólo premiamos el precio con nuestra compra, sin importar que hay detrás.

Paremos en seco este escalamiento de corrupción e ilegalidades. Para devolverle el prestigio a las clases política y empresarial, debemos hacerlo con nuestro ejemplo, no basta con opinar. Hacer de nuestra sociedad una de la que estemos todos orgullosos, pasa exclusivamente por tí y por mí. Por nuestras decisiones y acciones cotidianas. Por no "colarse", por respetar donde estacionarse, por no comprar películas piratas y no actuar diferente cuando nadie me ve. Si queremos exigir, partamos por nosotros para frenar el germen de una cultura que permite abiertamente "pasar piola". Un paso después votemos por la renovación política y compremos productos de empresas honestas, sustentables y socialmente responsables. Seamos consecuentes con lo que creemos y honorables si queremos que nuestros líderes lo sean.

Columna publicada en el Diario Financiero. Martes 31 de Marzo, 2015
https://www.df.cl/noticias/opinion/columnistas/donde-quedo-el-honor/2015-03-30/172257.html